Un viaje en el tiempo
EN China se puede viajar al pasado. La mañana que tomamos el tren de alta velocidad en Beijing para ir hasta la ciudad de Xuzhou, en la provincia de Jiangsu, la capital china amaneció envuelta por una espesa niebla. El portal Baidu indicaba que los índices de contaminación en el aire habían alcanzado niveles peligrosos para la salud humana. En las calles, muchos usaban mascarillas para protegerse de las partículas PM 2.5. Algunos que iban en carro pitaban incesantemente para que el tráfico fluyera más rápido. Otros se resignaban a los apretujones del metro en hora pico. En la estación del tren de alta velocidad, la mayoría no despegaba los ojos de sus celulares.
Tres horas después, llegamos a Xuzhou y luego al distrito de Fengxian. Allí no hay edificios de 40 pisos, sino casas de una o dos plantas con aleros de tejas. Tampoco hay tren subterráneo ni carros Ferrari, pero sí unos triciclos eléctricos que, máximo, corren a 35 km por hora. No hay grandes restaurantes con chefs y decenas de meseros, sino padres e hijos atendiendo el negocio familiar. No hay grandes cadenas de supermercados ni frutas importadas, pero sus habitantes se dan el lujo de cultivar manzanas sin usar pesticidas. Sí, eso que en las grandes metrópolis chinas, como Beijing y Shanghai, es considerado un privilegio, en Fengxian es parte del día a día.
Aunque allí no todas las calles estaban bien pavimentadas, se podían ver claramente las nubes blancas sobre el cielo azul. En las calles había, principalmente, triciclos conducidos por jóvenes que llevaban frutas y todo tipo de mercaderías en las vagonetas. Ellos debían esquivar a algunos vendedores ambulantes que exhibían sus productos en plena calle. Por las veredas caminaban a paso lento ancianos que iban tomados de la mano con pequeños niños que recién aprendían a caminar.
Esta es la cara que tenía China antes del proceso de reforma y apertura. Es un rostro rural, sin sofisticaciones, un escenario donde aún los chinos disfrutaban de jugar a la baraja en la acera con los vecinos, mientras tomaban té caliente.
Y no es que esto ya no ocurra en la China actual, pero en las grandes urbes, esas costumbres se van perdiendo de a poco. En su lugar, los chinos pasan más tiempo en sus oficinas trabajando largas jornadas, caminan apurados por las calles y, probablemente, tienen una relación más cercana con sus celulares que con sus familias.
Fengxian, sin embargo, aún conserva ese rostro de la China de antaño.

La gente compra verduras en un mercado de venta al por mayor de Fengxian.
Vale la pena quedarse
Según la Administración Nacional de Estadísticas, en 2012, la migración de trabajadores de las zonas rurales a las zonas urbanas industriales chinas creció un 3,9 % interanual y la cifra total de trabajadores migrantes alcanzó los 262,61 millones de personas. A finales de 2011, poco más del 51 % de los 1350 millones de habitantes de China vivía en ciudades y municipios. Se trata de la mayor migración rural de la historia.
Esto genera sobrepoblación en las grandes ciudades y representa un gran desafío para las autoridades porque implica ofrecer servicios básicos, vivienda y empleo a todos esos migrantes.
Por otro lado, causa problemas familiares. La búsqueda de mejores oportunidades laborales hace que muchos padres dejen a sus hijos en sus pueblos natales bajo el cuidado de sus abuelos o algún otro familiar. Esta separación afecta psicológicamente a la familia entera, pero sobre todo a los niños que están en proceso de crecimiento.
Cuando le pregunté a un padre chino por qué emigró a la ciudad y dejó a su hijo tan lejos respondió “meibanfa” (没办法) que significa algo así como “no hay modo”, “no hay otra opción”. Es una frase que expresa cierta resignación por las circunstancias que no se pueden cambiar.
Esta situación no es ajena para las autoridades, por eso, actualmente, se impulsa con fuerza la estrategia de llevar el desarrollo del este de China al oeste, es decir, desde las ciudades costeras hacia los pueblos del interior. En Fengxian, son visibles los resultados de esa política. En 2010, cuatro aldeas fueron trasladadas hacia otro sector para dejar libres 312 hectáreas dedicadas, ahora, a la agricultura. 1000 familias fueron reubicadas en una zona con edificios de hasta cuatro pisos, recién construidos, que gozan de todos los servicios básicos y cuyas vías de acceso utilizan paneles de energía solar.
Allí caminaba a paso lento una señora de piel canela, cuyos ojos apenas se veían porque las arrugas habían ocupado hasta sus párpados. Nos recibió con una amplia sonrisa y un gesto de sorpresa, porque ver a un extranjero por ahí no es muy usual. Dijo que estaba contenta de vivir en esta zona renovada porque ahora goza de alcantarillado, luz eléctrica y agua caliente; aunque le encantaría que en los edificios hubiera ascensores. Debido a sus piernas encorvadas como una tijera, el subir las escaleras es un verdadero vía crucis. Aún así, está contenta. Dice que para la gente joven, este tipo de viviendas son razones para quedarse. Y este no es un detalle menor puesto que una reciente encuesta realizada por la Academia China de Ingeniería (CAE) muestra que la mayoría de los trabajadores migrantes nacidos después de 1980 están poco dispuestos a regresar al campo. Sobre las complejidades que atañen a la urbanización, discutió el primer ministro de China, Li Keqiang, con más de 100 expertos de la Academia China de Ciencias (CAS) y la Academia China de Ingeniería (CAE), durante una reunión efectuada en septiembre de 2013. En la cita, los académicos expusieron que más de 100 millones de trabajadores migrantes, en las ciudades chinas, no pueden disfrutar de los mismos servicios públicos que los residentes urbanos. Es un reto para el Gobierno chino y una de las tácticas para afrontarlo es llevar el desarrollo hacia el sector rural para que así sus habitantes no tengan necesidad de irse.

Fengxian posee numerosos humedales. Fotos de Dong Ning
En Fengxian, por ejemplo, se han fortalecido algunas empresas que hoy brindan oportunidades de trabajo a los más jóvenes. Una de ellas es Sulida Metal Technology Development que fabrica triciclos eléctricos y pequeños transportes de cuatro ruedas, cuya principal función es transportar frutas y mercancías en cortas distancias. La compañía vende unos 300.000 carros al año e, incluso, exporta a Zambia, Pakistán e India. Hace 15 años, esta fábrica comenzó a funcionar con 10 empleados, hoy trabajan allí 600. Los operarios ganan al mes entre 1700 y 3000 yuanes, lo cual no dista mucho de lo que ganaría un joven sin estudios universitarios en Beijing o Shanghai.
Esa es una razón para quedarse y ser parte de la transformación de este distrito. Sin embargo, el reto está en acoger lo mejor de la modernización manteniendo aquellas fortalezas de la China de antaño. Después de tres días recorriendo Fengxian y la zona rural de Xuzhou, es hora de viajar, nuevamente, en el tiempo e ir a Beijing.