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Un día en la vida

Source:China Hoy Author:MICHAEL ZÁRATE
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11 de febrero de 2020. Ingresando a un supermercado en la zona de Dongzhimen, en Beijing. Uno puede desinfectarse la mano antes de ingresar y al retirarse. El supermercado está abastecido de productos, se ven fresas y otras frutas. Yin Yan

  

6 a.m. 

La lejía, ese olor vuelve a mi vida. Me recuerda el mes de febrero de 1991, cuando de pronto mi país, Perú, se vio afectado por una epidemia de cólera que acabó con la vida de casi 3000 personas. Eran años difíciles: no teníamos agua potable, pasábamos días sin electricidad y vivíamos bajo el miedo al terrorismo. Ese mes mi madre nos enseñó a limpiar toda la casa con lejía, y a echar dos gotas de ella en el agua antes de beberla. 

  

Esta vez, no es mi madre la que trae a la lejía de vuelta a mi vida. Cada mañana, a las 6, un abnegado señor, muy bien uniformado, la usa para desinfectar nuestro edificio en el distrito de Dongcheng, en Beijing. Lo viene haciendo disciplinadamente desde el primer día del Año Nuevo chino (es decir, desde el 25 de enero pasado). Al verlo, algunos vecinos alzan la mano, como dándole ánimos. Otros comparten con él algunos productos. Situaciones como esta avivan una solidaridad que es nuestro mejor material de protección estos días. 

  

8 a.m.  

Huevos, pan, leche, frutas, cifras, balances, historias. Por estos días, un desayuno no es completo sin la revisión de noticias. En la mesa puede faltar cualquier cosa, menos las cifras diarias de nuevos casos de infección, las recomendaciones de los especialistas y los mensajes en el celular de tus amigos al otro lado del océano. “Tienes que cuidarte, por favor”, escribe la mayoría. “Leggo sul virus tutti i giorni, dappertutto. Coraggio!” (Leo sobre el virus todos los días, por todas partes. ¡Fuerza!), me dice Giorgia desde Milán. 

  

Hace unos días, como a esta hora, un mensaje de mi hermano me despertó. Me decía que mi madre había estado llorando porque el telediario de Perú acababa de informar que los casos en China se habían multiplicado exponencialmente de un día al otro. Minutos después, con la voz entrecortada, mi madre me hablaba de mascarillas N95 y de billetes de vuelta a Perú. No fue difícil calmarla luego de explicarle que el repentino aumento de infecciones en China se debía solo a una nueva forma de diagnosticar los casos. Desde hace unas semanas, despertar aquí en las mañanas es también saber tranquilizar a tu familia. 

  

10 a.m.  

Tras revisar y responder los saludos de parientes y amigos, llegan desde Lima otros mensajes: los de la prensa. Hasta el momento, un canal de televisión, dos diarios, una revista y una radio me han contactado para contarles mi día a día en Beijing, una ciudad a la cual llegué hace ya nueve años y de la que no me he decidido ir por varias razones, entre ellas, la casi obsesión de querer saber más de ella. En Beijing me ha sucedido de todo: he amado y llorado, he conocido la felicidad y he pasado por hospitales, me despido de amigos todos los años, pero la ciudad parece todavía darme la bienvenida, le digo a un periodista de Perú. 

  

De pronto, llegan las preguntas que esperas: “¿Tienes miedo?”, “¿Ves a la gente muriendo en las calles?”, “¿Toman sopa de murciélago allá?”. De algún modo, ese agradecimiento a China por permitirnos vivir años acá, nos impulsa también a explicar cómo son verdaderamente estos días: hay ansiedad, pero no miedo; no hay gente muriendo en las calles, sino vecinos que se organizan para hacerle frente todos juntos al COVID-19; y, por último, creer que todos los chinos toman sopa de murciélago es como creer que todos los peruanos comen gato. 

  

12:00 m.  

Vera, cuyo nombre en chino es Yin Yan (阴燕), acaba de abrir la puerta de su habitación. Es mi compañera de piso desde hace tres años y medio, nació en Beijing y trabaja en un importante estudio cinematográfico, cuyas oficinas han vuelto a abrir. Su compañía viene tomando cuidadosas medidas de prevención contra el nuevo coronavirus, e incluso ofrece asistencia psicológica a los empleados que la requieran. Vera, una gran editora de películas, se despierta al mediodía porque trabaja en casa hasta la madrugada, que es cuando la conexión a Internet resulta más veloz. 

  

Sin ser economistas, ambos podríamos hacer ya un tratado sobre la división del trabajo. En casa yo barro y ella trapea, yo lavo los platos y ella pule, yo compro las botellas de agua y ella, los desinfectantes. Un día a la semana, generalmente cuando estamos con el trabajo hasta el cuello, llega en nuestro auxilio la señora Song (), quien es lo que en China se conoce como ayi (personal de limpieza). Oriunda de la provincia de Henan, la hacendosa señora Song –mascarilla en el rostro, guantes en las manos y audiolibro en el celular– ha decidido seguir acudiendo a nuestra casa, a donde llega también a comentarnos sobre el orgullo que siente de ver a su hijo ya en la universidad. 

  

2:00 p.m.  

Cuando el tiempo lo permite, Vera y yo salimos juntos a comprar. El día de hoy vemos que en la entrada de nuestro condominio hay una nueva y gran pancarta en fondo rojo que llama a todos a esforzarse al máximo para derrotar al coronavirus. Los vecinos intentan hacer su rutina diaria: hay jóvenes que juegan al baloncesto, niños que vuelan cometas y señoras mayores que han vuelto a conversar y a caminar por los alrededores tomadas del brazo. 

  

Dos carteles más pequeños en la entrada nos recuerdan que debemos dejarnos tomar la temperatura. Ahí está uno de los guardias, el señor Zhao (), quien desde hace dos semanas –y a pesar del intenso frío de invierno– está con su pistola de medición infrarroja apuntándonos en la frente o en la muñeca y sonriendo cuando en su pantalla aparece “36 grados”. Junto a él, la mayor parte del día, están cuatro o cinco señores que forman parte del comité de nuestro condominio, integrado por gente del propio vecindario y por algunos voluntarios. La más preocupada es la señora Zhou (), quien días atrás nos pidió disculpas por invadir nuestra privacidad al hacernos preguntas como: “¿Desde cuándo estás en China?”, “¿Has viajado fuera de Beijing?”, “¿Cuál es tu número de pasaporte y teléfono?”, ¿Cuántas personas viven en tu casa?”, “¿Alguno se ha sentido mal?”, entre otras.  

  

4:00 p.m. 

Hay más personas por las calles del barrio de Dongzhimen. Hay tiendas que vuelven a la vida, entre ellas un puesto de manicure, una panadería de estilo francés y una tienda de alimentos para mascotas (para felicidad de Xiaomi, 小咪, la gata de Vera). En el centro comercial Raffles City, prácticamente todos los restaurantes están abiertos, aunque todavía se aprecia la ausencia de clientes. El movimiento del día de hoy contrasta con lo que vimos hace dos semanas: cuando calles vibrantes como Gongrentiyuchang, Sanlitun y Chunxiulu parecían tan desoladas y silenciosas como salidas de una película del italiano Dario Argento. 

  

Hace dos semanas, cuando cayó una prolongada nieve en Beijing, salimos a ver el barrio. Todos los restaurantes estaban cerrados, todas sus reservaciones habían sido canceladas, aunque algunos se animaban a vender vegetales y carnes en la calle para no desperdiciar la inversión ya hecha. Cerca de la estación del metro, podíamos oír en los altavoces una llamada a las personas para que donaran sangre, mientras que todas las farmacias estaban abiertas, pero con las mascarillas agotadas. Ahora, poco a poco, el barrio comienza a despertar. 

  

6:00 p.m. 

Magdalena, mi colega chilena en la revista China Hoy, irá a cenar a casa, así que pasamos con Vera por supermercados y minimarkets. La verdad, nunca hemos sufrido un desabastecimiento de productos y tenemos lo que nos hace falta en la nevera para la cena de hoy: fideos, pollo, hongos, berenjenas, queso y fresas. En un conocido minimarket de la calle Xingfucun, una pareja lamenta que ya no haya determinados productos importados, mientras que dos vendedores –que ahora cumplen más horas de trabajo– comentan entre ellos la suerte que tenemos en Beijing de contar con una gran variedad de productos. 

  

Mientras regresamos a casa, volvemos a mirar la ciudad. Pero lo hacemos con otros ojos. Lamentablemente, nosotros no somos médicos o enfermeros, esos héroes de bata blanca que están en la primera línea de batalla ante el coronavirus; lamentablemente no somos esos kuadi (como se conoce a los repartidores en China) que han seguido trabajando y alimentando a una urbe como Beijing, de más de 20 millones de personas; lamentablemente no somos esos limpiadores y barrenderos que han mantenido impecables calles y plazas; lamentablemente no somos esos choferes de autobuses y personal del metro, quienes han permanecido en sus puestos, a pesar de que muy poca gente se animaba a usarlos. En mi caso, lo único que puedo hacer es escribir y llevar algo de ese otro lado de la batalla que siguen librando el pueblo chino y sus héroes anónimos. 

  

9:00 p.m. 

La cena termina y nos disponemos a ver una película. Llevamos vistas ya 18, las cuales Magdalena ha enlistado con la esperanza de hacer un gran ranking cuando la epidemia pase. Para esta noche teníamos en mente algunas de las que compitieron en los Óscar, pero al final nos decidimos por Irreversible, aquella película de culto francesa en la que la historia es contada al revés: desde el final hasta el inicio. 

  

Así que me pongo a pensar en cómo sería contar la historia de estos días en Beijing en un orden cronológico inverso. Imagino un inicio marcado por la alegría de haber derrotado al COVID-19, imagino a esa ciudad atestada en el metro en hora punta y rebosante de restaurantes, bares y centros culturales, imagino a las señoras bailando felices nuevamente en los parques de la ciudad. Ese sería el inicio, pero el final no sería en Beijing, sino en Lima. La historia terminaría en aquel mes de febrero de 1991, cuando en Perú sufríamos la epidemia del cólera, mi madre nos enseñaba a usar la lejía y mi padre nos daba un consejo: “No tengan miedo, tengan cuidado”. 

  

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Editor: Wu Wen Da-->

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