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Un rey deportivo sin trono

Source:China Hoy Author:JORGE RAMÍREZ CALZADILLA*
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Reacios a cambiar su dinámica, a seguir aquellas prácticas deportivas que no convocan a las grandes multitudes, patrocinadores y cadenas de televisión, los aficionados habitualmente centran su atención en un menú de deportes bastante predecible y –atendiendo a la cantidad a su disposición– reducido.

 

Actividades deportivas como la que nos ocupa en este número hacen su aparición en los medios de comunicación de mayor audiencia con la asiduidad que suele nevar en Caracas, Managua, Tegucigalpa o La Habana. Ergo, gran parte de la culpa de la referida selectividad un tanto discriminatoria del aficionado la tienen los propios profesionales de la noticia, que, o hacen caso omiso a los deportes menos mediáticos o, cuando se animan, abordan el tema desde una perspectiva marcadamente frívola.

 

Como cómplices del primer error –el de la omisión–, intentaremos no incurrir en el segundo –el de la frivolidad– en esta suerte de tributo a un auténtico campeón de China, Lai Xuanzhi.

 

Lai Xuanzhi y sus alumnos en la práctica del salto a la soga.

 

Con el viento en contra

 

Con la mochila llena de ilusiones, llegó en 2010 a la Escuela Elemental Qixing un joven recién egresado de la Universidad de Deportes de Wuhan. Armado con su diploma de pedagogía en educación física y la ilusión de avivar en los niños la pasión por el ejercicio que conduce a una vida saludable, Lai Xuanzhi estaba muy lejos de imaginar lo que el destino le depararía en este centro educacional del distrito de Huadu, enclavado en la ciudad de Guangzhou, capital provincial de Guangdong.

 

Sin instalaciones para practicar deportes, más que un patio de tierra flanqueado por exuberantes árboles y zonas cubiertas de maleza, el nuevo maestro se dio de bruces con la cruda realidad.

 

Su primera idea fue promover clases de fútbol y baloncesto, una iniciativa que, por la polvareda que levantaban aquellos experimentos de partidos, provocó los lamentos de los alumnos, y estos llegaron a oídos de los padres, que se quejaron con el director Zhang You. Al primer tropezón siguió un intento de Lai por acercar a sus pupilos a la práctica del atletismo, pero terminó convirtiéndose este en otro ensayo estéril debido a la falta de equipamiento, presupuesto para costearlo y el poco entusiasmo de los pequeños aprendices de atleta.

 

La frustración perfectamente habría hecho mella en el común de los mortales, con la consecuente decisión de poner a los chicos a realizar un poco de flexiones y saltos diariamente, y dar por concluida con esta rutina su misión profesoral. Pero Lai, tenaz como pocos, en lugar de rendirse continuó sopesando variantes y, por esos azares de la vida, terminó topándose con la ideal cuando, junto con Zhang, asistió a una competencia local de salto a la soga.

 

Este juego infantil, igualmente un ejercicio físico que conforma la liturgia preparatoria de deportes de combate como el boxeo, el taekwondo, el kick-boxing, las artes marciales mixtas y otros como el tenis, la gimnasia rítmica o el fisicoculturismo, comenzaba a ganar popularidad en la provincia y, considerando que no precisa de un terreno especial para su práctica, ambos determinaron incluirlo como asignatura en el programa académico de la primaria.

 

Vinieron entonces nuevos escollos para Lai. Primero, debió pasar un examen local para profesores que aspiran a impartir esta disciplina (saltando él mismo), algo que cumplió, un poco renuente por su falta de aptitudes para el salto a la comba (como también se le conoce entre los hispanohablantes), en su tercer intento.

 

Luego lo golpeó el problema del equipamiento de los chicos, comenzando por los zapatos, una necesidad que el gobierno local se comprometió a cubrir paulatinamente, y terminando por el quid de la cuestión, el implemento de salto, ante lo cual se sacó una solución de la chistera: reciclar todo material que se asemejara a una cuerda, incluso cables de los frenos de bicicletas, y utilizar para los mangos o empuñaduras tubos de bambú.

 

Convencer a los padres requirió una paciencia de orfebre, aunque, en la medida que algunos chicos triunfaban en eventos provinciales, se volvió mucho más sencillo.

 

Paralelamente, aprendió de manera autodidacta, a través de videos en Internet, los métodos de preparación de atletas de primer nivel, sus técnicas y trucos, y diseñó su propia metodología, consistente en priorizar el fortalecimiento de los músculos que intervienen en la rotación de la muñeca con el uso de cuerdas menos livianas que las de competir y los de las piernas, fundamentalmente los cuádriceps, con numerosas repeticiones de sentadillas. Además, promovió en su clase un nuevo estilo para acelerar la frecuencia de saltos, pidiéndoles que mantuvieran siempre el torso ligeramente inclinado, la barbilla casi junto al pecho y aprendieran a elevar los pies del suelo la distancia mínima necesaria.

 

Esa obsesión por ser cada día mejor tutor y las largas horas de entrenamiento de los niños, en las mañanas de 6:30 a 8 y de 4 a 6 en las tardes, arrojaron los frutos esperados.

 

Y así su nombre como entrenador comenzó a ganar prominencia por los triunfos del equipo en su primera incursión en una competición regional en 2013, en la que monopolizó el 80 % de las medallas de oro. Al año siguiente, Lai los condujo a un botín de 36 doradas en el campeonato nacional de Anhui y un almanaque después, en Dubái, llegaron las primeras plusmarcas mundiales de sus discípulos, para muchos de los cuales, el viaje a la capitalina urbe de los Emiratos Árabes Unidos supuso su primero en un avión.
 
Con una cuerda sencilla, Lai ha logrado cambiar el destino de muchos niños de las zonas rurales.

 

 

El premio a tanta entrega

 

Los aires de innovación del profe Lai también han supuesto un ascenso de China en los torneos internacionales. Otrora exitosos en los saltos de velocidad, los niños del gigante asiático son ahora igualmente una fuerza dominante en las pruebas de malabares –volteretas, mortales, etc.– brincando la cuerda.

 

Bajo su tutela han surgido 24 campeones del mundo que han estampado 11 récords universales. Uno de ellos es el prodigioso Cen Xiaolin, capaz de saltar la comba 1141 veces en solo 3 minutos, lo que equivale a unos asombrosos 6,3 saltos por segundo. Fue esa una de sus 5 plusmarcas en el más reciente Mundial, efectuado el pasado almanaque en Oslo, y del que la delegación china liderada por Lai se marchó con 85 metales áureos, 23 plateados y 15 bronceados.

 

Los niños han despertado la admiración de sus rivales no solo en Noruega y los Emiratos Árabes Unidos, sino también en Malasia, Suecia y Panamá, donde Lai tuvo una estancia como parte de un intercambio bilateral.

 

No en balde, en septiembre de 2019, el Ministerio de Educación de China condecoró a Lai Xuanzhi con el premio nacional a la excelencia como maestro y también figura su nombre entre los 20 individuos o colectivos nominados el último calendario a la distinción anual de personalidades que más conmovieron a China, una lista en la que se incluye al equipo nacional femenino de vóleibol.

 

Su despacho, ahora atestado de trofeos y medallas, también guarda el eco de las risas de esos muchos niños y adolescentes de procedencia humilde, hijos de trabajadores migrantes que residen en zonas rurales, que darán el siguiente paso en sus vidas pletóricos de confianza después de haber descubierto, de la mano de Lai, el estrellato fruto del talento y la dedicación, algo que, en otras circunstancias, jamás habrían conocido.

 

Entre salto y salto a la comba, Lai les ha abierto la puerta a un horizonte de nuevos sueños con los que hacerse camino al andar.

 

 
 
*Jorge Ramírez Calzadilla es un periodista cubano que reside en Beijing. Ha colaborado con publicaciones y medios audiovisuales nacionales y extranjeros por más de una década.

 

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