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Trump y China: la Casa Blanca y Washington en el teatro del absurdo

Source:China Hoy Author:AUGUSTO SOTO
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En unas horas en que todo el mundo comenta la bajeza, ineptitud y peligrosidad de Trump reflejadas en el avance del libro titulado Furia, de Bob Woodward (legendario periodista del The Washington Post), a publicarse la semana próxima, es momento para una conclusión necesaria.

Más allá de la suma de importantísimos escándalos que nos cuente Woodward, para quienes no creían del todo que Trump se equivocaba gravemente con su política hacia China, ha llegado la hora de ejemplificarlo y exponerlo comparativamente de acuerdo con los más recientes acontecimientos. Porque en el último mes el rumbo errático del presidente presidenciable se ha agudizado, dejando en evidencia que no solo es un peligro para China y para una gran cantidad de países en cada continente (incluidos los europeos), sino que incluso para EE. UU. Y es que un presidente peligroso para su propio pueblo desacredita lo que haga o diga a los líderes o enviados de los demás países.

EE. UU. y China: una comparación alucinante

Si esta semana Trump ha dicho que la vacuna estadounidense estará lista antes de las elecciones presidenciales (sin importar si es efectiva o no), centrando así un asunto de salud nacional y mundial en su propio beneficio, la imagen que paralelamente nos ha llegado de Beijing no puede ser más diferente. En efecto, el eminente epidemiólogo Zhong Nanshan, junto a médicos de gran prestigio y trabajadores de la salud que han combatido exitosamente al COVID-19 en primera línea, protagonizando una hazaña histórica, han sido condecorados como “héroes de China”.

Por contraste, sus equivalentes estadounidenses son constantemente humillados e incluso puestos en situaciones dignas del teatro del absurdo. Así, Anthony Fauci, eminencia epidemiológica mundial y miembro destacado del grupo de trabajo sobre el coronavirus en la Casa Blanca, ha sido malintencionadamente atacado por el mismísimo Trump, e incluso por destacados miembros del Partido Republicano. Recordemos también que la doctora Deborah Birx, igualmente en la vanguardia en la lucha contra el coronavirus, tuvo hace algunos meses que escuchar cómo Trump desafiaba groseramente a la ciencia sugiriéndole inyectar luz solar y desinfectante a los pacientes en una inolvidable conferencia de prensa.

En fin, mientras Xi condecoraba a Zhong Nanshan y a su equipo con pompa y compostura, a Trump se le veía en rueda de prensa en la Casa Blanca amenazando con modales matonescos a un periodista con no responder a sus preguntas si antes no se sacaba la mascarilla.

La verdad es que a inicios de septiembre resalta vivamente ver a la juventud de Wuhan celebrar alegremente festividades masivas (posibles por la extraordinaria contención del virus) y el regreso de la celebración de ferias y encuentros de negocios a lo largo y ancho de la geografía china. Por ejemplo, si usted es un exportador de vinos o de productos alimentarios, etc., y tiene personal en China, puede promover su producto en un ambiente distendido, casi igual que en la antigua normalidad previa a la pandemia. Cualquier persona con acceso a las redes sociales chinas lo puede constatar.

En tanto, en contraste, las imágenes que irradian desde Estados Unidos muestran profundos desencuentros que indican claros indicios de enfrentamiento civil en los que se mezclan el racismo, el sectarismo y agudos problemas socioeconómicos traídos a colación por ciudadanos armados ante los que actúa una policía imberbe o despiadada en notables casos.

La guinda del pastel

En verdad, en la profundidad de la nación norteamericana (que fue admirada en el mundo en otros momentos de su historia), ¿quién puede tomar en serio su representada política interior y exterior comandadas por alguien que como Trump ha llegado a afirmar, también esta semana, que los militares estadounidenses muertos, en combate o prisioneros, no merecen el más mínimo respeto de su comandante en jefe?

¿Cómo puede un líder o alto representante chino (y de cualquier otro país) entender qué proceso mental cruza la mente de un presidente estadounidense cuando se discute con él de comercio o política si este no defiende, aunque sea mínimamente, sus intereses nacionales y solo acentúa que él mismo es el “más grande líder que ha existido”? (lo ha repetido estos últimos días). ¿Cómo se puede negociar con alguien que como él habla mal de sus más recientes y estrechos colaboradores? ¿Qué se concluye si se constata, por enésima vez, que piensa en su reelección a cualquier coste, en Twitter, y jugar al golf cada vez que puede (en sus largos fines de semana)?

Quién será el próximo presidente estadounidense en un momento en que la política exterior de la Casa Blanca (y de Washington) debiera centrarse en la cooperación y coordinación internacionales para intentar a la vez acorralar al virus y reactivar la economía, es un asunto candente. Por el libro de Woodward se sabe ahora que a Trump no solo le interesa una vacuna a la brevedad y solo estadounidense, sino que durante más de un mes ocultó al pueblo de su país y al mundo la gravedad del COVID-19, teniendo información de primera mano desde fines de enero de que el país enfrentaría un grave peligro si no tomaba decisiones a tiempo. Eligió acusar a China y no hacer nada.

Pero tampoco es solo la Casa Blanca, es Washington

Resta ver si de cara a las elecciones del 3 de noviembre las cifras de las respectivas campañas presidenciales son proporcionales con la lúgubre situación socioeconómica y política que vive el país. Para muchos ciudadanos (entre ellos el influyente analista estadounidense Ian Bremmer) se hace verdaderamente intolerable ver como en la autoproclamada “primera democracia del mundo” se gasta y gastará un dinero desproporcionado en la campaña presidencial. ¿Pero con qué nivel de autoridad moral en estas próximas semanas Washington sermoneará a Beijing, como es previsible en estas fechas?

Pero hay más, senadores del Congreso estadounidense (en lo que hace pocos años habría parecido impensable) están en estos días amenazando a un puerto estatal alemán con “sanciones económicas y legales devastadoras” si se prosigue adelante con el proyecto Nord Stream 2, diseñado para transportar gas ruso directamente a Alemania y por extensión a Europa. No solo se está rompiendo un tabú en las relaciones transatlánticas, en buenas cuentas Washington pretende amedrentar a sus antiguos socios con un “chantaje económico”, en palabras de un connotado analista europeo, lo que se suma a las amenazas de sanciones extraterritoriales a países europeos (además de a China) por seguir políticas asertivas e independientes respecto a Irán o Cuba. Es obvio que Beijing y Bruselas pueden coincidir más para oponerse ante el despliegue de este teatro del absurdo que explotan para fines racionales pero injustos distintos políticos en Washington amparándose en la radicalidad de Trump.

El influyente semanario británico The Economist acaba de recordar que en el pasado ha habido elecciones especialmente peligrosas en EE. UU. Las de 1912 y 1968 lo fueron. Pero nada se parece a la campaña presidencial que estamos presenciando: un interminable bucle del absurdo que contrasta radicalmente con la realidad de China. Beijing ya envía signos de optimismo y prosperidad de cara a su significativo 2021.

*Augusto Soto es director del proyecto Dialogue with China.

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Editor: Wu Wen Da-->

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