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Una familia de Fujian

2018-09-04 09:49:00 Source:China Hoy Author:JIANG FUMEI*
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Nací de una familia campesina en Longyan, provincia de Fujian. En los últimos 40 años, mis padres dejaron de preocuparse de la falta de alimentos y de cómo protegerse del frío. Mis hermanos y yo recibimos una educación superior y nos mudamos a zonas urbanas. Nuestros hijos se están esforzando por tener un mejor futuro. Este verano, cuando vi aperos en un museo de Xi’an, me di cuenta de que estos se habían retirado de mi vida para siempre.

 

La autora (primera desde la izq. en la segunda fila) y su familia después de ser admitida por la Universidad Tsinghua en 1995.

 

Mis padres

 

Mis padres fueron huérfanos desde muy jóvenes. En 1978, mi papá tenía 26 años y mi mamá, 24, y ya nos tenían a mi hermana mayor y a mí. En ese entonces, pertenecíamos a uno de los equipos de producción colectiva. Los adultos y los niños mayores de 10 años ganaban vales trabajando, y los cambiaban por cereales, carne, telas y otros utensilios cotidianos. Algunas veces sufríamos escasez de alimentos. En ocasiones, nuestros cereales se acababan antes de que maduraran los del próximo año. Mi madre no tenía otro remedio que mezclar camote en el arroz para mantenernos. Pero para nosotros, era simplemente un tipo de comida con sabor diferente.

 

Nuestra vida empezó a cambiar después de 1978, cuando China comenzó a aplicar la política de reforma y apertura. A finales de 1981, el Gobierno terminó con los equipos de producción colectiva. Los campos agrícolas se dividieron entre cada familia. Mis padres obtuvieron una tierra propia bajo contrato y en esa época también nació mi hermano menor. Gracias a este cambio, mi padre ganaba mucho más que 10 vales diariamente. Salía a cuidar sus cultivos al amanecer y cosechaba dos veces al año. En la temporada baja, ayudaba a desplazar madera de las montañas para ganar más dinero. En 1984, gracias a una nueva política, mi hermano menor, que entonces tenía menos de 10 años, también obtuvo un pedazo de tierra. Un año, después de tener una gran cosecha, mi padre vendió los cereales que habían sobrado y compró una máquina para hacer tofu. Entonces empezamos a vender tofu a los vecinos y el pequeño negocio generó beneficios para nuestra familia.

 

Mi padre, ingenioso y hábil, aprendió cómo construir un horno de barro. Con el tiempo, dejó de hacer trabajos manuales pesados y se formó en el cultivo del tabaco. El camote seco, un producto autóctono de mi pueblo natal, entró en el mercado nacional e internacional y él también participó en ese negocio. Diariamente trabajaba entre 10 y 20 horas. Mi madre también estaba ocupada desde la madrugada hasta la medianoche. Ellos mantuvieron a la familia, convirtiendo nuestra humilde casa en una grande con dos salas y seis habitaciones. Después de liquidar los pagos necesarios, nos cubrieron los estudios.

 

Aprovechando las oportunidades de la política de reforma y apertura, mis padres trabajaron sin cesar y en 20 años lograron mejorar el nivel de vida de nuestra familia. A finales de la década de 1990, mi hermana mayor terminó sus estudios y comenzó a trabajar, y mi hermano menor entró en la universidad. Poco a poco, mi padre dejó las labores pesadas.
La autora (primera desde la izq.) y sus compañeros de la preparatoria en la Universidad Tsinghua en el año 2000.

 

 

Mis hermanos

 

En nuestra infancia nunca pasamos hambre. Aunque no teníamos mucha ropa, era suficiente. Hacíamos perritos y carritos de barro, tejíamos zapatos de hierba y creábamos collares con tallos de plantas. En el otoño de 1982, mi hermana mayor entró en el jardín de infancia, mi hermano menor no había cumplido un año y yo solo tenía cinco. Mi madre tenía que cuidar a mi hermano, y entonces yo también iba al jardín de infancia con mi hermana. Nuestra aula algunas veces estaba en la casa de algún profesor, y otras en el edificio que antes pertenecía al equipo de producción. Posteriormente, nos mudamos a una escuela oficial. Con el aumento del número de estudiantes, se construyeron más aulas.

 

En ese entonces, los profesores iban persuadiendo a aquellos alumnos que habían regresado a casa para cuidar a sus hermanos menores o para ayudar en el cultivo de que era necesario que volvieran a la escuela. El resto del tiempo, se ocupaban en construir más aulas. Mientras mi hermana y yo esperábamos para entrar en las nuevas aulas de la escuela secundaria, mi hermano menor ya estudiaba en la nueva escuela primaria. Fuimos excelentes estudiantes. Estuvimos muy agradecidos con nuestros padres porque siempre tenían listo el dinero para pagar los gastos de matrícula y ni un solo día faltamos a la escuela por problemas económicos. Teníamos muchos compañeros que se veían obligados a cultivar la tierra o meterse a trabajar en alguna fábrica para ayudar a la familia. Ellos entregaban el dinero ganado a sus padres, quienes les devolvían una parte para que cubrieran sus costos de vida.
Jiang Fumei con la familia de su abuela materna en 2002.

 

 

En 1995, mi hermana mayor y yo entramos en la universidad. Ella era estudiante de una Escuela Normal que no exigía ningún gasto para matricularse. Yo ingresé en la Universidad Tsinghua, donde me otorgaron una beca. En 1997, mi hermana se graduó de la Universidad de Fuzhou, capital de la provincia de Fujian. Regresó a nuestro pueblo natal y se convirtió en maestra de secundaria. En 1999, mi hermano fue admitido en una universidad de Beijing y sus gastos de matrícula eran cuatro veces más que los míos. En 2002 obtuve el título de maestría y empecé a trabajar en un centro de investigación. Ese mismo año, mi hermano también terminó sus estudios universitarios.

 

Inicialmente él trabajó ocho años en una empresa privada en Beijing. Sin embargo, cuando estalló la crisis económica de 2008, sus ingresos disminuyeron y tuvo que renunciar. Dos años después encontró otro trabajo relacionado con la tecnología informática en Xiamen. Su salario se duplicó en 6 años, a pesar de que no había sido promovido ni había cambiado de trabajo. De hecho, en los últimos 10 años, nuestros salarios han aumentado más de tres veces. Aunque muchos de mis paisanos no pudieron ingresar en una universidad, la mayoría de ellos se mudaron a las ciudades y algunos han podido adquirir una vivienda propia y salen de vacaciones cada año.
Jiang Fumei (primera desde la izq.) durante el Año Nuevo Chino en Xiamen con la familia de su hermano en 2017.

 

Nuestros hijos

 

A finales de 2004, antes de que naciera mi hija, invitamos a mis padres a establecerse en Beijing. Los fines de semana solíamos llevarlos a conocer los lugares de interés en los suburbios de la ciudad. Cuando mi hija nació, yo tuve menos de dos meses de licencia de maternidad y después regresé al trabajo. Mis padres asumieron la mayoría de los quehaceres domésticos y cuidaron de ella. Así fueron pasando los días. Mi madre se ha convertido en nuestra principal ayudante y mi padre, que no se acostumbró a la vida en Beijing, volvió solo al pueblo natal. Mi madre se quedó para ayudarnos a cuidar la casa y llevar a la niña a los cursillos de música, dibujo, baile, etc.

 

Los padres que tienen un solo hijo invierten mucho dinero y tiempo en él. Aunque el Gobierno ofrece una educación gratuita, en las grandes ciudades los gastos en los cursos extracurriculares alcanzan la mitad, e incluso el 80 %, del gasto total de una familia. En 2013 gastamos una sexta parte de nuestros ingresos anuales para enviar a nuestra hija durante 10 días a Europa. Este tipo de actividades son parte de la rutina de los niños de las grandes ciudades. En la actualidad, un tercio de los hijos de mis colegas salen de vacaciones al extranjero cada año.
La autora (centro) con su madre y su hija en Xi’an en 2018.

 

 

En 2017, mi hija fue admitida por una secundaria privada de primera línea gracias a sus esfuerzos. De otra forma, habría sido asignada a otra escuela pública no tan ideal de acuerdo con lo establecido. El Gobierno promueve la igualdad educativa y disminuye la brecha entre diferentes escuelas. Sin embargo, los padres esperan enviar a sus hijos a los mejores colegios para que en el futuro puedan ingresar en las universidades de China o del extranjero de mejor nivel. Mi hija solo tiene 13 años, pero su nivel de inglés es mejor que el de la mayoría de los estudiantes universitarios de mi época. Una quinta parte de sus compañeros irán a estudiar a universidades estadounidenses o europeas. En mis tiempos, la mayoría de mis compañeros iban a Estados Unidos a cursar estudios de maestría con becas obtenidas después de graduarse en China.

 

Sin embargo, la situación de la hija de mi hermana, que es cinco años mayor que la mía, ha sido muy diferente. Fue a un jardín de infancia en nuestro pueblo natal y terminó sus estudios primarios y secundarios en la escuela donde trabaja mi hermana. En junio pasado hizo la prueba de acceso a la universidad, el gaokao, pero no obtuvo buenos resultados. Aún está dudando en rendir de nuevo la prueba o elegir una universidad de menor nivel.

 

 
 
*Jiang Fumei es una escritora independiente de Beijing.

 

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