| Sociedad |
| Una marcha que continúa | |
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Durante ocho años, China libró la “dura batalla de la liberación de la pobreza”, durante la cual 98,99 millones de habitantes rurales salieron de la pobreza. Para llevarla adelante, se enviaron a las aldeas pobres de todo el país 255.000 equipos de trabajo. Más de 1800 miembros del Partido y cuadros perdieron la vida durante aquellos años. ¿Cómo comprenden el término “entrega”? Para un lector hispanohablante, palabras como “sacrificio”, “entrega” o incluso “dar la vida” pueden evocar asociaciones muy distintas de las que estas nociones adquieren en el contexto cultural y político chino. Para aproximarnos a su significado es necesario mirar más allá de aquella campaña concreta y retroceder casi un siglo, hasta una experiencia que marcó profundamente la historia contemporánea de China: la Gran Marcha. Entre octubre de 1934 y octubre de 1936, los soldados del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos de China emprendieron una marcha que los llevó a atravesar ríos caudalosos, montañas gélidas y extensas praderas para romper el cerco de las fuerzas del Kuomintang y continuar la lucha contra la agresión japonesa. El Ejército Rojo llegó a recorrer hasta 12.500 kilómetros. La Gran Marcha había comenzado como una retirada estratégica ante una situación extraordinariamente adversa. Sin embargo, su significado histórico terminó siendo mucho mayor. Sobrevivir, reorganizarse y continuar la lucha después de atravesar aquellas condiciones transformó esa experiencia en uno de los relatos fundacionales del Partido Comunista de China y, posteriormente, en una referencia fundamental de la memoria política de la República Popular China. La marcha terminó y su significado, no De aquella experiencia se fue conformando lo que en China se denomina el “espíritu de la Gran Marcha” —长征精神—. El concepto reúne una serie de valores que no pueden reducirse simplemente a la capacidad de soportar dificultades: convicciones y objetivos firmes, disposición a afrontar grandes sacrificios, búsqueda de la verdad a partir de los hechos, capacidad de actuar según las condiciones concretas, disciplina, unidad y estrecho vínculo con el pueblo. Aquí aparece una transformación particularmente interesante para quien observa China desde otra tradición cultural. La Gran Marcha dejó de ser solamente el nombre de un acontecimiento sucedido entre 1934 y 1936. Se convirtió también en una metáfora. La expresión comenzó a designar aquellas grandes tareas colectivas, prolongadas en el tiempo y de enorme dificultad, cuya realización exige combinar convicción con capacidad de adaptación. Por eso, cuando en China se habla hoy de una “nueva Gran Marcha”, no se está proponiendo reproducir las circunstancias de los años treinta. La metáfora apunta a una idea: cada época enfrenta desafíos distintos y debe recorrer su propio camino. En 2016, al conmemorarse el 80.° aniversario de la victoria de la Gran Marcha, el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, Xi Jinping, resumió esa continuidad afirmando que “cada generación tiene su propia ‘Gran Marcha’”. Esta idea permite comprender por qué un episodio revolucionario ocurrido hace más de noventa años puede continuar presente en el lenguaje con el que China piensa su desarrollo contemporáneo. Persistir en el objetivo, adaptar el camino Entre los componentes del espíritu de la Gran Marcha existe uno especialmente importante para comprender esta continuidad: “实事求是”, la búsqueda de la verdad a partir de los hechos, estrechamente vinculada con la idea de partir de las condiciones reales. La perseverancia, desde esta perspectiva, no equivale a la repetición obstinada de un mismo método. Uno de los aprendizajes que dejó la propia Gran Marcha consiste precisamente en distinguir entre la firmeza del objetivo y la flexibilidad necesaria para llegar a él. Durante la marcha cambiaron las circunstancias, las decisiones estratégicas, las rutas y las formas de enfrentar los problemas. Continuar avanzando exigía, muchas veces, optar por otro camino. Esta combinación entre la firmeza de los objetivos y la capacidad de adaptar el camino a las condiciones concretas ha reaparecido una y otra vez en la trayectoria de desarrollo de China. Frente a desafíos muy diferentes de aquellos de la Gran Marcha, se mantuvo una misma lógica: establecer metas de largo plazo, partir de la realidad, ajustar los métodos cuando las circunstancias lo requieren y movilizar esfuerzos colectivos para avanzar hacia un objetivo común. En este sentido, el espíritu de la Gran Marcha no pertenece solamente a la memoria revolucionaria, sino que continúa ofreciendo un marco desde el cual interpretan algunas de las grandes transformaciones emprendidas por China en las décadas posteriores. Otra “Gran Marcha” contra la pobreza La campaña contra la pobreza ofrece un ejemplo contemporáneo particularmente claro. La etapa decisiva de la campaña china contra la pobreza se desarrolló entre 2012 y 2020. Uno de sus rasgos centrales fue el concepto de ayuda precisa contra la pobreza —精准扶贫—: identificar concretamente quién se encontraba en situación de pobreza, cuáles eran las causas particulares y qué tipo de intervención resultaba adecuada para cada hogar y cada localidad. En lugar de considerar la pobreza únicamente como un problema general susceptible de una respuesta uniforme, se buscó diferenciar situaciones: carencias de infraestructura, dificultades de acceso a la educación o a la salud, falta de oportunidades laborales, condiciones geográficas desfavorables o necesidad de reubicación, entre otras. Pero uno de los aspectos más llamativos de la última etapa de esta campaña fue su dimensión humana. Millones de cuadros fueron destinados a las comunidades locales. No se trataba solamente de visitar una aldea, evaluar su situación y regresar a una oficina distante a redactar un informe. Muchos se instalaron en las aldeas, convivieron cotidianamente con la población y, en numerosos casos, se integraron profundamente en la vida local. De este modo pudieron conocer en profundidad los problemas concretos de cada lugar y participar directamente en la aplicación de los proyectos. En esta movilización reaparecen algunos de los elementos mediante los cuales China define el espíritu de la Gran Marcha: un objetivo considerado prioritario, organización colectiva, trabajo en condiciones difíciles, aplicación de medidas según circunstancias concretas y subordinación, en determinados momentos, del interés individual a una tarea común. ¿Qué significa “sacrificio”? Cuando conceptos como 奉献, 牺牲 o incluso 烈士 se traducen al español como “entrega”, “sacrificio” o “mártir”, la traducción puede ser lingüísticamente correcta sin agotar su significado cultural. El lector comprende inevitablemente estas palabras a partir de la historia, las asociaciones y los valores de su propia lengua y cultura. En el marco del espíritu de la Gran Marcha, el sacrificio puede comprenderse mejor desde la idea de responsabilidad asumida. Asumir una tarea considerada importante para el conjunto supone reconocer que su cumplimiento puede exigir costos personales reales y afrontar situaciones de gran dificultad. Esas posibles exigencias forman parte de la responsabilidad desde el momento en que se la asume: no se presentan como algo ajeno al compromiso, sino como parte de la seriedad con la que este se entiende. Aquí adquiere especial importancia el concepto de 奉献, que puede traducirse como “entrega” o “dedicación”. No supone buscar el sufrimiento ni renunciar indiscriminadamente al interés personal. Expresa, más bien, una disposición a no convertir ese interés personal en el límite absoluto de aquello que se está dispuesto a hacer por una tarea colectiva. Quien asume una responsabilidad de esta naturaleza sabe que, llegado el momento, puede tener que hacer renuncias concretas para cumplirla. Estas renuncias pueden adoptar formas muy diferentes: trabajar durante largos períodos lejos de la familia, permanecer en regiones con condiciones materiales difíciles, dejar temporalmente el puesto habitual, dedicar años a una tarea exigente o postergar necesidades personales. En circunstancias excepcionales, los riesgos pueden ser mucho mayores. Existe aquí una continuidad reconocible con la memoria de la Gran Marcha. Quienes atravesaron montañas, ríos y pantanos no lo hicieron porque el sufrimiento constituyera un valor en sí mismo, sino porque habían asumido una causa que estaban dispuestos a sostener a pesar de las dificultades que aparecieran en el camino. Casi un siglo después, las circunstancias son completamente distintas. La lógica que conecta ambas experiencias, sin embargo, resulta reconocible: asumir una tarea colectiva significa estar dispuesto a afrontar las dificultades que su cumplimiento pueda exigir, sin convertir el interés individual en el criterio último para decidir si continuar. ¿Qué puede decir esta experiencia a AL? Partir de la realidad significa, precisamente, reconocer que los caminos del desarrollo no pueden separarse de las condiciones históricas, sociales, institucionales y culturales de cada sociedad. China y América Latina (AL) poseen historias, estructuras políticas, modelos institucionales y trayectorias económicas profundamente diferentes. Tampoco existe una única “América Latina”: los problemas y capacidades de Argentina, Brasil, México, Chile, Bolivia o los países centroamericanos no son intercambiables. La experiencia china, por lo tanto, no puede trasladarse mecánicamente a la región. Precisamente por eso, esta experiencia puede servir para formular algunas preguntas. América Latina enfrenta problemas estructurales vinculados con el bajo crecimiento y la productividad, la persistencia de profundas desigualdades y las dificultades para sostener capacidades institucionales que permitan acompañar transformaciones de largo plazo. Superar estos desafíos exige procesos que difícilmente puedan completarse dentro de una coyuntura económica o de un único ciclo político. En este contexto, quizá la experiencia del espíritu de la Gran Marcha resulte más sugerente si se la entiende no como un conjunto de respuestas, sino como una manera de formular el problema del desarrollo. ¿Cómo construyen objetivos capaces de mantenerse durante décadas? ¿Cómo conservan una dirección estratégica y, al mismo tiempo, modificar las políticas cuando cambia la realidad? ¿Cómo coordinan instituciones y comunidades alrededor de metas comunes? ¿Cómo logran que el desarrollo no sea solamente crecimiento económico, sino también una transformación que alcance a quienes permanecen en situaciones de mayor vulnerabilidad? Y, sobre todo: ¿cómo encuentran un camino propio? Tal vez sea allí donde la Gran Marcha pueda establecer su diálogo más interesante con América Latina. No porque la región deba recorrer el camino transitado por China, sino porque la propia experiencia china recuerda que ninguna transformación profunda se produce siguiendo de manera mecánica un camino trazado por otros. La Gran Marcha histórica concluyó hace nueve décadas. Desde entonces, China enfrentó desafíos de naturaleza muy diferente de aquellas montañas nevadas y aquellos pantanos; cambiaron sus objetivos, sus instrumentos y las condiciones en las que debía avanzar. Sin embargo, permaneció una idea: frente a una tarea suficientemente importante, el camino puede ser largo; las dificultades pueden obligar a cambiar de dirección; los métodos pueden necesitar ajustes sin que por ello se pierda de vista el objetivo. Allí cobra sentido hablar de un “espíritu de la Gran Marcha”: no como recuerdo inmóvil de una hazaña pasada, sino como un conjunto de valores capaz de seguir dando fuerza y orientación frente a nuevos desafíos. Quizá por eso la Gran Marcha continúa siendo una metáfora tan poderosa en la China contemporánea. Y quizá allí resida también su significado más universal: cada sociedad debe recorrer su propia larga marcha y encontrar su propio camino. Eso no significa recorrerlo en soledad: las experiencias de otros pueblos pueden ofrecer referencias, aprendizajes y nuevas preguntas, pero nunca sustituir la tarea de construir una respuesta propia. *Maximiliano Benatti es sinólogo argentino y profesor titular del Colegio de Letras de la Universidad Normal de Changchun, especializado en lengua, cultura y educación de China. |
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