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| El espíritu de la Gran Marcha como legado para jóvenes de AL | |
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¿Qué es lo que hace a un determinado acontecimiento histórico tomar trascendencia fuera de sus propias fronteras y convertirse en fuente de inspiración para las generaciones futuras? La Gran Marcha, como episodio fundacional hacia la consolidación de China contemporánea es, sin dudas, una hazaña mítica de este tipo. Se la podría definir en pocas palabras como una experiencia de supervivencia colectiva frente a circunstancias aparentemente insuperables, donde las fuerzas del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos de China, frente a un enemigo cuantitativa y tecnológicamente superior, se embarcaron en una retirada estratégica sin precedentes en la historia de la humanidad: cruzando ríos, montañas nevadas y zonas inhóspitas a través de 14 provincias hasta alcanzar la región noroeste del país. Para el lector latinoamericano, la Gran Marcha podría encontrar paralelismos con las gestas independentistas del siglo XIX. El Cruce de los Andes del General José de San Martín y su regimiento de granaderos a caballo se asemeja a esta hazaña revolucionaria con respecto a las enormes dificultades geográficas, la necesidad de organización y disciplina colectiva, y fundamentalmente, la convicción de que el objetivo político justificaba afrontar estos enormes obstáculos. No obstante, si bien ambos eventos históricos constituyeron pasos importantes en la lucha por la soberanía nacional, hay que destacar que el Cruce de los Andes fue una campaña militar destinada a conquistar una posición estratégica y avanzar hacia la independencia de tres países latinoamericanos; mientras la Gran Marcha fue, inicialmente, un desplazamiento para preservar las fuerzas revolucionarias, es decir, una victoria de supervivencia política del Partido Comunista de China (PCCh) en un contexto de guerra civil e invasión extranjera. En este sentido, el ejercicio pedagógico de comparar los eventos fundacionales de las naciones latinoamericanas—desde el Cruce de los Andes hasta las luchas de Hidalgo y Morelos en México—con la Gran Marcha en China, encuentra sus limitaciones por tratarse de experiencias diferentes desde una perspectiva histórica e ideológica. Aun así, estos acontecimientos constituyen relatos míticos a través de generaciones que realizaron enormes sacrificios para transformar su destino colectivo y mejorar las condiciones de vida de la sociedad local. Un punto de inflexión en la revolución china Los acontecimientos que dieron origen a este episodio histórico en China son ampliamente conocidos. Las bases rurales revolucionarias del Ejército Rojo localizadas en las provincias de Hunan y Jiangxi, se encontraban sometidas a las campañas de cerco del bando nacionalista, cuyas fuerzas lideradas desde Nanjing produjeron enormes pérdidas y obligaron a la cúpula del PCCh a tomar una decisión: abandonar sus posiciones para embarcarse en una estrategia de desplazamiento hacia el suroeste y posteriormente hacia el norte del país. En octubre de 1934, más de 86.000 combatientes obreros y campesinos pertenecientes a varias unidades del Ejército Rojo partieron de sus bases en Jiangxi, de los cuales, según datos oficiales, alrededor de 6000 y 7000 llegaron al final del camino dos años después. Cordones montañosos, enormes ríos, hambre, enfermedades, combates y grandes distancias recorridas a pie. ¿Cómo es posible que un grupo humano continúe avanzando después de experimentar pérdidas de tal magnitud? ¿Hasta dónde es posible mantener la moral y la disciplina cuando las condiciones geográficas, políticas y económicas son adversas? La clave yace en el espíritu de la Gran Marcha: la convicción en los ideales, la solidaridad y la camaradería entre compañeros, la capacidad de adaptación ante las vicisitudes del entorno y el liderazgo necesario para mantener claro el objetivo comunitario. La Gran Marcha no solo se trató de resistencia física. También fue un proceso de aprendizaje político y estratégico. La Reunión de Zunyi en enero de 1935 constituye un excelente ejemplo: durante la retirada se produjo una reorientación del liderazgo y estrategia revolucionaria, que dotó al PCCh de mayor autonomía para la solución de problemas concretos. De la misma manera, la llegada a la región noroeste y el establecimiento de la nueva base revolucionaria en Yan’an permitieron la consolidación de estos aprendizajes en una organización política y militar más efectiva, además de ampliar sus vínculos con las poblaciones rurales, experimentar con políticas de desarrollo social, y participar activamente en la resistencia contra la invasión japonesa y, disputar el poder nacional finalmente. La experiencia de la Gran Marcha nos enseña que, a veces, para avanzar hacia un objetivo histórico es necesario reorganizarse y encontrar un nuevo punto de partida. En política, como en la vida, no siempre es posible avanzar cuando las condiciones no lo permiten. Se requiere de una correcta lectura de las circunstancias para saber qué posibilidades existen de triunfar y cuándo es conveniente retirarse para actuar en una coyuntura más favorable. También es importante destacar que, sin la supervivencia política y organizativa garantizada por la Gran Marcha, la historia posterior de China difícilmente habría tomado el mismo camino. La hazaña del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos de China, bajo el liderazgo del PCCh, fue condición de posibilidad para la fundación de un nuevo país y la construcción nacional de una sociedad moderna, económicamente desarrollada y socialmente equitativa. El espíritu de la Gran Marcha para los jóvenes latinoamericanos ¿Cuál es el vínculo entre un joven en Buenos Aires, Bogotá, Lima o Ciudad de México con un acontecimiento mítico ocurrido hace casi un siglo en China? La Gran Marcha es ante todo una historia de resiliencia, trabajo en equipo y sacrificio para lograr la liberación de un pueblo y la salvación de una nación. Se trata de una hazaña que, además de ser un logro de la sociedad china, es un evento histórico inspirador que le pertenece a toda la humanidad, y en particular, resulta especialmente significativo para las nuevas generaciones de jóvenes en el Sur Global. Frente a la emergencia de narrativas contemporáneas que enfatizan al individuo excepcional: el emprendedor, el líder, el campeón o el “self-made man”, la Gran Marcha permite presentar otra concepción de éxito comunitario, en la cual se entiende que ninguna gran transformación social es obra de una sola persona. Los valores culturales de las sociedades latinoamericanas, manifiestos en experiencias históricas de solidaridad comunitaria, cooperativismo productivo, movimientos sociales o incluso deportes en equipo muestran que, en nuestra región, existe una tradición colectivista que resulta necesario rescatar en la actualidad. La Gran Marcha, como preludio de los grandes avances en materia de desarrollo económico, tecnológico y social que China cultivó desde la fundación de la República Popular es, ante todo, un legado para los jóvenes en nuestra América Latina. Las generaciones actuales probablemente no tengan que atravesar montañas nevadas ni recorrer miles de kilómetros para defender sus convicciones, como lo hicieron los ejércitos de San Martín, Bolívar, Hidalgo o los líderes revolucionarios de la Nueva China. En todo caso, sus desafíos serán otros: la desigualdad social, el cambio climático, la transformación tecnológica o la búsqueda de sociedades más justas. Pero la pregunta fundamental que atraviesa las generaciones que experimentaron la Gran Marcha y los jóvenes latinoamericanos en la actualidad es esencialmente la misma: ¿Somos capaces de mantenernos unidos cuando el camino se vuelve difícil o la mentalidad individualista contemporánea nos hará presa de las circunstancias históricas? Aquí yace nuevamente la cuestión de nuestros tiempos. *Joaquín Estrader es licenciado en Ciencia Política (UBA), master en Administración de Empresas (SWJTU) y candidato a doctor en Ciencias Sociales (UBA). Actualmente se desempeña como docente en la Facultad de Lenguas y Culturas Extranjeras de la Universidad de Sichuan. |
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