¡Seguimos nuestro viaje en pos de las huellas del Ejército Rojo en su paso por Sichuan! Seguimos recorriendo la prefectura autónoma de las etnias tibetana y qiang de Aba, pero dejamos atrás las cumbres escarpadas. Y, poco a poco, según avanzamos por la carretera, el paisaje muta y se transforma en verdes y casi infinitas praderas que hacen difícil creer que seguimos a más de 3.500 metros de altura.
Nuestros pasos nos llevan hasta la llanura pantanosa de Riganqiao. El sol deslumbra y pega fuerte. Podría parecer que estamos en el paraíso, pero el paso por esta zona se vuelve un verdadero infierno para el Ejército Rojo. Estas gigantescas y verdes praderas están atravesadas por pantanos y lodazales en los que muchos soldados quedaron atrapados y murieron. La combinación de las fuertes lluvias y las bajas temperaturas al anochecer hizo que tantos otros muriesen congelados. Debido a los radicales cambios del clima, no podía crecer nada y tampoco había pastores con ganado; la tercera causa de muerte fue el hambre. Durante días no vieron a ninguna persona y no había árboles para refugiarse de la lluvia. Es difícil establecer una cifra exacta, pero en base a diversos testimonios alrededor de 10.000 soldados perdieron su vida aquí. Por ello, se conoce esta pradera como “el valle de los muertos”.
Junto a uno de los memoriales que salpican el camino, nos reunimos con uno de los miembros locales del Partido Comunista de China (PCCh), Hongbo Huaqing, un hombre sencillo, con las botas y los pantalones manchados de barro; manos callosas y piel curtida por el sol. Nada a simple vista lo diferencia de cualquiera de los vecinos que se reúnen junto a sus caballos a contemplar la pradera mientras charlan. Hongbo relata que desde muy joven sintió atracción por los ideales del PCCh. “Cuando nos unimos al Partido, no debemos considerarlo desde la perspectiva de la gobernanza o el desarrollo de una carrera profesional; nuestro deber es servir al pueblo y ayudar a la gente. Eso es lo que llena mi vida de sentido”.
Hongbo Huaqing es de etnia tibetana. La lengua tibetana es su lengua materna y la que habla con sus amigos y familia. Reconoce que, al igual que en el resto del mundo, hay grupos étnicos, lenguas y culturas que se ven amenazados por el desarrollo y la globalización. “Es una tendencia inevitable en la historia de las sociedades, pero en esta zona tratamos de apoyar a estas minorías étnicas para mantener la diversidad cultural”, comenta.
El apoyo al Ejército Rojo de los distintos grupos étnicos que habitaban las zonas que atravesó la Gran Marcha se articula sobre tres pilares. En primer lugar, muchas de ellas eran zonas abusadas y amenazadas por terratenientes y señores de la guerra, por lo que tenían un enemigo común. En segundo lugar, estaban las reglas de disciplina que el Ejército Rojo impuso a todos sus soldados para respetar y cuidar en todo momento a los aldeanos y sus escasas pertenencias. No se podía robar nada y lo que se necesitaba se pagaba. En tercer lugar, destaca la figura de los traductores: soldados que muchas veces se quedaban en los pueblos para aprender sus lenguas y formas de expresión y tratar de explicar, aunque fuera de forma rudimentaria, los objetivos del PCCh.
