¡Seguimos nuestro viaje en pos de las huellas del Ejército Rojo en su paso por Sichuan! Después de la cima más alta que coronaron los jóvenes soldados durante la Gran Marcha, entramos en la prefectura autónoma de las etnias tibetana y qiang de Aba. Nos desplazamos hasta el poblado de Lianghekou, en la montaña de Mengbi. Según un antiguo chascarrillo del Ejército Rojo, si la montaña Jiajin era un hombre de rudos modales, la montaña Mengbi se parecía más a una mujer agradable.
Recorriendo las rutas rojas que serpentean por las verdes laderas de la montaña Mengbi nos encontramos con una familia tibetana ganadera que se dispone a comer junto a un monumento dedicado al Ejército Rojo en la montaña. El más joven de la familia, Puwa Duoji, un joven de 21 años con el pelo teñido de amarillo que estudia ingeniería aeronáutica en la Universidad de Chengdu, nos invita a compartir el almuerzo con su familia. Dice que le interesa más la cultura afroamericana de Estados Unidos, sobre todo el rap y el hip hop. Él comenta que prefiere vivir en estas praderas antes que en Chengdu, “el aire es mejor aquí y puedo hablar en mi lengua materna tibetana con mi familia y amigos. Nuestra cultura trata de estar reunidos en las praderas, montar a caballo y hacer hogueras en la montaña”. Puwa Duoji nos habla también de los cambios que han acaecido en los últimos años: “Antes vivía en una pequeña casa de madera y ahora vivimos en un edificio de apartamentos. Ha habido muchas mejoras en las casas y las carreteras”. Aunque esté estudiando ingeniería aeronáutica en Chengdu, Puwa Duoji sabe que puede volver a casa y vivir dignamente junto a su familia y amigos, ocupándose del ganado y siguiendo sus costumbres tibetanas.
Desde la montaña Mengbi, seguimos la ruta de la Gran Marcha hasta el poblado de Ma’erkang, que nos sorprende con su despliegue artístico y sus hermosas casas decoradas al estilo tradicional tibetano. En una pequeña cafetería nos atiende Sulan Duoji. “Esta casa perteneció a mi abuelo, y ha sido transmitida de generación en generación a lo largo de 90 años. He reformado el primer piso y lo he convertido en una cafetería, lo cual ha sido una manera de poder volver a casa y montar mi negocio. Todos mis ingresos vienen de aquí, es mi único trabajo y es suficiente para mantener mi vida aquí”, relata. El café que sirve es de especialidad y de alta calidad, lo que permite poner un precio elevado y que los turistas procedentes de otras ciudades y provincias estén dispuestos a pagarlo. Así se produce la vigorización rural.

Puwa Duoji (segundo desde der.) junto a su familia en la montaña de Mengbi. Álvaro Lorite