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Desafíos y perspectivas del G20 en Buenos Aires

2018-11-21 11:18:00 Source:China Hoy Author:SALVADOR MARINARO
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  Cuando los ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales de las veinte economías más significativas del mundo se reunieron por primera vez, en 1999, nada hacía suponer que este foro económico se transformaría en una plataforma de diálogo y negociación para superar problemas globales.

  Desde sus inicios, el G20 surgió en respuesta a la crisis de los mercados emergentes y a la necesidad de ampliar las fronteras de otros organismos más restringidos, como el G7. Su creación fue resultado de la globalización y, por ende, una tribuna de los cambios que vivió el sistema mundial. Casi dos décadas después del primer encuentro, la cumbre en Buenos Aires se presenta como un encuentro imprescindible para comprender el futuro de la organización y analizar respuestas posibles a los conflictos de la actualidad.

  La historia del G20 se relaciona a la creciente participación, económica y geopolítica de los países en vías de desarrollo. A fines de los años noventa, el desplome del peso mexicano en 1994, la crisis financiera en el extremo asiático y la debacle rusa de 1998 mostraron la interdependencia a la que había llegado la economía mundial. La certeza de que los problemas que afectan a un país repercuten en lugares insospechados volvió necesario un organismo de consulta, intercambio de experiencias y recomendaciones para tomar medidas conjuntas.

  Así fue que el grupo de los siete, formado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido, decidió convocar a una reunión ampliada. Más allá de los acuerdos puntuales, la sesión inaugural en Berlín concluyó con una declaración de principios: el encuentro debía repetirse año a año.

  En la siguiente década, el grupo de los 20 se transformó en la principal plataforma que puso en contacto a los dirigentes de naciones industrializadas y de países en vías de desarrollo. A medida que los mercados emergentes multiplicaron su contribución en el escenario mundial, se resaltó la importancia del G20.

  En la primera década del siglo XXI, China (que mantuvo y mantiene un crecimiento sostenido desde las políticas de reforma y apertura) superó a Japón como la segunda economía del mundo y se transformó en el principal exportador e importador. En los siguientes años, el gigante asiático devino en el primer socio comercial de países latinoamericanos como Brasil, Chile y Perú, y el segundo para Argentina; una tendencia que se repite más allá de Latinoamérica y se extiende por el sureste asiático, África y algunos miembros de la Unión Europea.

  No solo China marcó el ritmo de un desarrollo exponencial, sino también países como Rusia, India, Brasil y Sudáfrica duplicaron las previsiones del crecimiento económico a nivel planetario en la década de los 2000. Eso significa que el conjunto de los países emergentes realizó un mayor aporte al crecimiento para la totalidad de las naciones que el mundo desarrollado. Esta orientación se acentuó en las postrimerías de la crisis de 2008, cuando las economías más avanzadas redujeron su inversión en los mercados emergentes.

  No es casualidad que, a partir de la crisis financiera, las reuniones de ministros y consejeros económicos se transformaran en un diálogo presidencial. La reunión en Washington D.C., que inauguró el foro de mandatarios, recomendó una serie de medidas que contribuyeron a salir de la crisis con rapidez e impedir nuevos altibajos.

  En los sucesivos encuentros, el G20 amplió su agenda para incorporar problemas como el desarrollo sustentable, la igualdad entre mujeres y hombres, la cooperación científica y educativa, entre otros grupos temáticos. La progresión que vivió el G20 escenificó un cambio en la gobernanza del sistema globalizado, con una mayor presencia de los países en vías de desarrollo.

  Las estadísticas muestran que los miembros del G20 en conjunto representan el 85 % del Producto Bruto Interno global, el 66 % de la población y más del 75 % del intercambio de bienes y servicios. Estas proporciones explican por sí mismas la importancia de la cumbre a realizarse en Buenos Aires, pero más aún si se atiende una particularidad de la política internacional. El G20 es uno de los pocos organismos que sienta en el mismo espacio a los presidentes de Estados Unidos y China (que no participa del G7) con los gobiernos de Argentina, México y Brasil por mencionar algunos de sus miembros.

  La expectativa que genera la cumbre del 30 de noviembre y 1 de diciembre se fundamenta en este encuentro. A diferencia de 2008, los focos de conflicto que enfrenta el sistema actual tienen una raíz política. Las barreras y decisiones unilaterales que impone el nacionalismo creciente en América y Europa, junto con la inestabilidad financiera que sufren países como Argentina y Turquía, hacen suponer que el encuentro en Buenos Aires marcará un punto de clivaje para la organización.

  Por eso, el Gobierno argentino mantiene una postura de “negociador honesto”, como suelen repetir sus representantes. Es decir que la presidencia del país sudamericano se caracteriza por brindar un espacio de discusión e intercambio en cuestiones sensibles, como en el Foro sobre el Exceso de Capacidad de Acero o en el Grupo de Trabajo en Comercio e Inversión. Se busca que el G20 funcione como escenario para la negociación de medidas conjuntas.

  No es un dato menor que Argentina, como anfitrión de la cumbre, es también el país más afectado por los cambios en la política monetaria en Estados Unidos. El Gobierno de Macri espera que el G20 en Buenos Aires sea un espacio a favor del diálogo y el multilateralismo. En ese sentido, se encuentra con un aliado fundamental en el Gobierno de Beijing.

  Las prioridades que presentó la presidencia argentina son tres: la inversión en infraestructura para el desarrollo, el futuro del trabajo y la sostenibilidad alimentaria. Cada uno de estos objetivos es considerado fundamental también por el Gobierno chino. Las obras en trenes, autopistas y puertos en el gigante asiático son un ejemplo a nivel mundial (y políticas como la Iniciativa de la Franja y la Ruta buscan incentivar el desarrollo de estas infraestructuras en otros países). El futuro del trabajo y los alimentos involucra especialmente a la población más numerosa del planeta. Los tres puntos prioritarios, de hecho, ponen en relación a los dos Gobiernos.

  Más aún, los conflictos actuales pueden ser pensados como problemas globales. El cambio climático, las migraciones, el crecimiento del unilateralismo en un mundo cada vez más interdependiente hacen que el G20 en Buenos Aires se presente como una cita obligada para responder de un modo conjunto a los problemas que vinculan a cada una de las naciones. Ante este escenario, los países en vías de desarrollo tienen una voz conjunta y una participación cada vez más destacada.

  *Salvador Marinaro, candidato doctoral en Estudios Globales de la Universidad de Shanghai e investigador de CIMI-CONICET.

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